
Yo creía que se iba a quedar conmigo. Que me quería. Que me besaba de verdad. Y resulta que no, que me equivocaba. O se equivocaba él... o yo qué sé.
Y me juro a mí misma que nunca me va a pasar lo mismo, que conmigo sola es suficiente, pero mirarle a los ojos y fingir que nada ha pasado es demasiado para mí.
Nada que no cure el tiempo, supongo. Nada que no le ocurra a la mitad de la humanidad. Después de todo, ¿qué más da?
Qué manía con callarse las cosas y esconder los sentimientos. No hablar claro es lo que más daño hace.
Os cuento, que no debéis estar preguntándoos. Pues nada, 830 días compartiendo mi vida con un chico... y al final resulta que no sabe qué quiere... Me tuve que ir. Aunque no quería. Me tuve que ir para ver si así se decidía. Pero no se decide. Todavía no me ha dicho lo que siente. Y yo me estoy marchando sin que él haga nada.
Me acuerdo del día en el que le dije que, entonces, seríamos sólo amigos... Qué llorera... Qué llorera cogió él, quiero decir... Se pasó 15 minutos llorando solo, delante de mí, sollozando como un niño pequeño. Y encima le tuve que consolar. Yo, sí. Qué fuerte.
En fin, os dejo, que tengo que ir a besar más ranas.
